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El Tapado

La leyenda de "El Tapado"

Las leyendas son parte de nuestras tradiciones orales, de lo que somos. Santo Domingo como primera ciudad del Nuevo Mundo, tiene numerosas historias que giran alrededor de la Ciudad Colonial. Una de ellas “El Tapado”.

Un personaje misterioso que escondía su rostro de las personas y que trascendió tanto que su mote llegó a honrar una calle, la 19 de Marzo, una de las arterias del casco antiguo de la ciudad.

Su origen se remonta a la llegada del español Luis Franco de Acevedo a la isla. Capitán de caballería a cargo del cuidado y protección de las costas de Baní, encabezó también una activa y rentable red de contrabando que traficaba con los vasallos franceses de Haití. Resultado de estas actividades ilícitas, José de Olaeta recibe la orden de apresarlo, secuestrar sus bienes, entre los que estaban una multitud de piezas de vestir con hilos de oro, y conducirlo a la fuerza hasta la ciudad de Santo Domingo para que cumpliera condena.

Para su fortuna y la del resto de sus cómplices, fue absuelto de esta causa en mayo de 1723. Sin embargo, al año siguiente tiene que enfrentarse de nuevo a un contencioso, se le reclama el pago de un préstamo contraído con un ciudadano francés. Cuatro años después, en 1728 el gobernador Francisco de la Rocha Ferrer y presidente de la Audiencia de Santo Domingo, solicita su encarcelamiento por considerarle “reo de ilícito comercio”, es decir, por fraude.

En vista de que Franco de Acevedo continuaba cometiendo los mismos delitos sin acabar con pena formal en la cárcel, se tejió una figura holística en su persona la de “El Tapado” que empezó a consolidarse como verdad en el imaginario colectivo.

Propietario de una villa colonial de nombre, Samangola, y esposo de Antonia Guridi Coronado, hija de don Antonio de Guridi Echeandía y doña Leonor de Alarcón Coronado, la habitaba junto a su familia en la antigua residencia del deán Duque de Ribera. Sin embargo, por la noche, Franco de Acevedo salía a vagar por las calles de la Ciudad Colonial en busca de la ejecución de hechos delictivos y desmanes diversos que mantenían en zozobra a los vecinos.

El enmascarado nunca se veía de día, ya que prefería recorrer las calles deshabitadas y vagar sin rumbo por ellas, noche tras noche. Un hombre que, según decían los ancianos, intentaba escapar de sí mismo, por los graves crímenes que había cometido.

Una estampa de un embozado que ocultaba su rostro deformado fruto de los castigos recibidos en sus múltiples arrestos y al que se asociaron muchas aberraciones, puede que alguna de ellas, emanada de la más absurda fantasía popular.

TEXTO: Elena Crespo; IMÁGENES: Archivo

Etiquetas: Tradiciones

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