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Uvas

La uva misión, de nuevo en el caribe

En la vigilia del 11 de octubre no había duda, todo indicaba que había tierra cerca. El nerviosismo de los marineros se palpaba en el ambiente hasta que, a las dos de la madrugada del 12 de octubre de 1492, Rodrigo de Triana increpó con fulgor que en la lontananza se divisaba tierra firme.
 
Las tres carabelas arriaron las velas y con impaciencia se esperó al amanecer para explorar una isla que Colón definiría así: “Esta isla es bien grande y muy llana y de árboles muy verdes, y muchas aguas, y una laguna en medio muy grande”. Así empezó la historia de esta tierra fértil que despertó curiosidad, ensueño y sobre todo, tráfico comercial. Patatas, chocolate, tabaco, tomates y maíz cruzaron el Atlántico para echar raíces en España. En sentido contrario, llegaron la caña de azúcar, el arroz, las naranjas, el trigo y también, el vino.
 
En 1493 los curas de la orden franciscana introdujeron la uva misión porque para la celebración de la eucaristía necesitaban disponer de vino, un bien preciado y escaso que debía ser importado de España. De hecho, en aquella época el vino además de para saciar la sed, era más seguro que beber agua y se empleaba también con fines medicinales. Por estos motivos, los misioneros resolvieron tener un abastecimiento continuo, plantando vides alrededor de las misiones. De esta forma, los franciscanos se convirtieron en viticultores.
 
Cinco siglos más tarde, a menos de cien kilómetros de la ciudad de Santo Domingo, entre las ciudades sureñas de Azua y Baní, la quinta generación de la uva misión crece en Ocoa Bay. Un viñedo resort de dos millones de metros cuadrados, en el corazón de la bahía de Ocoa, dentro del parque nacional Francisco Caamaño. Un emplazamiento insólito porque es la única porción de la Cordillera Central que toca el mar Caribe y con un microclima que favorece el crecimiento y el rendimiento de la cepa, de manera que se pueden hacer dos cosechas al año.
 
Bajo el marco de plantación de Burdeos, en una hectárea de producción sobre suelos calcáreos, un aproximado de 21.600 cepas de Tempranillo, French Colombard, Grappa, Armagnac, uvas de mesa Red Globe, Moscato de Hamburgo y una viña experimental con variedades de Mencía, Tempranillo, Garnacha y Charelo, se desarrollan en el proyecto.
 
En este viñedo experimental de 12 hectáreas producen 15.000 botellas de vino blanco, tinto, rosado y espumoso. En cada poda, dos veces al año, se multiplica el terreno cultivable. Por eso, en un par de años esperan producir 60.000 botellas de French Colombar, Tempranillo, Moscatel y un espumoso que han creado a base de mango y chinola, al que han denominado KI, que en taíno quiere decir espíritu de la tierra.
 
En aras de favorecer la calidad de la producción, la uvas reciben música clásica seis horas al día. Están convencidos de que si la temperatura, la humedad o la luz afectan a la calidad de un vino, la música también puede hacerlo. Por eso están centrados en profesionalizar el trabajo del viticultor que en Oca Bay el 80% es local. Por su cantidad, la producción no está abierta a la exportación pero sí a un exclusivo mercado. Un club de vino con mil socios al que llaman “sus elegidos”. Un grupo de personas privilegiadas que han elegido cuidadosamente para formar parte de Ocoa Bay.
 
Personalidades como el guionista, productor y director de cine Francis Ford Coppola, el magnate de negocios inglés Richard Branson, el creador de las luminarias del museo del Louvre, Jean Philippe Corrigou, y los críticos más influyentes de Ribera del Duero, como Luis Vicente Elías, referencia en el ámbito de estudios sobre cultura y turismo del vino, les han animado a continuar en esta empresa. No cabe duda de que podemos estar ante el nuevo Valle del Napa del Caribe.
 
 
TEXTO: Elena Crespo; IMÁGENES:Archivo

Etiquetas: Tradiciones

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