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Mosquitos

Los mosquitos elijen a sus víctimas

Seguramente que alguna vez has oído la frase de que alguien es más propenso a la picadura de los mosquitos porque su sangre es dulce. Una idea que forma parte de la cultura popular pero que se ha arraigado de generación en generación hasta nuestros días pero, ¿qué hay de cierto en ella?

Según los investigadores nada. La preferencia de estos insectos no está en el azúcar que porta la sangre sino en el valor de sus proteínas. Las hembras, que son las únicas que pican, necesitan de ese aporte proteínico para madurar los huevos que incuban en su abdomen. Sí, una cuestión de supervivencia, como diría Darwin. En base al carácter de mantenimiento de la prole, las hembras antes de picar, eligen a sus “víctimas” en función de las sustancias de desecho que emiten tanto por la piel como por la boca. Uno de los “cebos” más importantes es el dióxido de carbono, que exhalamos a través de la respiración, y que crean unas corrientes de pulsaciones que son detectadas por los mosquitos.

Otra de las sustancias químicas en las que se fijan es en el ácido láctico, que expulsamos mediante el sudor o la respiración. Sin duda, estos insectos vuelan a través de “nubes químicas” y son capaces de determinar su próxima víctima fijándose en sustancias muy específicas. Un dato, el alcohol eleva la temperatura corporal e incrementa la proporción de etanol en el sudor. Por eso, quien suele consumir bebidas alcohólicas es un excelente candidato para sus picaduras.

Las bacterias que viven en nuestra piel también juegan un papel crucial a la hora de atraer algunas especies de mosquitos. De hecho, hay algunos que se sienten especialmente atraídos hacia las zonas del cuerpo con mayor flora bacteriana, como lo pies.

La hembra, cuando pica, inyecta en la piel su saliva, una sustancia con capacidad anticoagulante que evita que se tapone la salida de sangre y ésta discurra con facilidad hasta su boca. Al acabar su misión, parte de esa saliva queda adherida en la piel, lo que produce una reacción inmunitaria que irrita la zona que ha sido alterada.

La irritación produce una intensa comezón que se irradia por las fibras nerviosas de tipo C, las más pequeñas y menos numerosas en la piel, que llevan el impulso nervioso hasta el cerebro que conmina al cuerpo a rascar la zona. Por eso, cuando nos rascamos se estimulan terminaciones nerviosos y nuevos impulsos crean la sensación de alivio. Sin embargo, a todos nos pasa que cuanto más nos rascamos, más necesitamos hacerlo. Esto estriba porque en esta acción se estimulan receptores del dolor presentes en el mismo área.

Cuando el dolor alcanza cierta intensidad, el sistema nervioso central libera sustancias analgésicas para atenuar la sensación de dolor que sentimos. Estas sustancias, en cambio, agravan la sensación de picor, estimulando de nuevo las fibras nerviosas C, provocando la necesidad de rascarse más y así, cerrando un círculo vicioso de forma continuada, del que es, en muchos de casos, difícil de salir.

La buena nueva es que la reacción alérgica que provoca que la piel se hinche y pique alrededor de la picadura se reduce cuanto más nos inyecta el suero del que hablábamos, un mosquito de la misma especie. La mala noticia es que eso sólo funciona para cada especie y hay más de tres mil.

TEXTO/TEXT: Elena Crespo; IMÁGENES/IMAGES: Archivo

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