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Manuela Díaz

Manuela Díez, la influencia de la madre de Juan Pablo Duarte

Las mujeres siempre han jugado un papel muy importante en la historia de la humanidad. República Dominicana no está exenta de ese protagonismo o heroicidad.

Hablamos de Manuela Díez, madre del prócer de la patria, Juan Pablo Duarte, de quien el historiador Alfau Durán exalta no sólo por el hecho de haber dado a luz a un hombre de altura moral y política sino por ocupar un puesto distinguido en el exclusivo grupo de féminas que marcaron de alguna manera la Independencia dominicana y en la proclamación de la República en 1844. Se conoce de ella apenas una foto y un par de medias, ya amarillentas, que usó en vida y que se exhiben en el Instituto Duartiano, pero la historia de Manuela Díez comienza al norte de la provincia de La Romana, en una de las ciudades más antiguas del país llamada Santa Cruz del Seibo, cuya fundación data del año 1502, donde nació . Vio la luz por primera vez un veintiséis o veintisiete de junio de 1786, con unas raíces profundamente españolas porque su padre, Antonio Díez, era un emigrante natural de Osorno, villa en la provincia de Palencia, España. Su madre en cambio, Rufina Jiménez Benítez, era oriunda de esta localidad.

Alfau Durán recoge que tuvo tres hermanos varones: Antonio, Mariano y José Acupérnico. Quizás esa familia numerosa incitó a Manuela a que, a la edad de catorce años, después de casarse con Juan José Duarte en Mayagüez, Puerto Rico, fuera madre de ocho hijos: Vicente, Celestino, Juan Pablo, Filomena, Rosa, María Francisca, Manuel, Ana María y Sandalia.

El matrimonio había huido a la isla vecina a causa de la invasión del general haitiano Toussaint Louverture que, habiéndose hecho omnipotente en la colonia francesa, deseaba para asegurar su autoridad, adjudicarse la parte oriental de la isla, que a pesar de haber sido cedida a la República Francesa por el Tratado de Basilea, seguía gobernada por autoridades españolas.

Juan Pablo, el segundo de la estirpe, recibió la formación intelectual de su madre en sus primeros años de vida, sobre todo, para aprender a leer. Más tarde asistió a una pequeña escuela de párvulos dirigida por una profesora de apellido Montilla. De allí pasó a una escuela primaria para varones, donde desde muy temprano dio muestras de una gran inteligencia. Completó sus estudios en la escuela don Manuel Aybar.

Manuel continuó profesando amor incondicional a su hijo cuando apoyó las ideas que originaron el nacimiento de la sociedad secreta Trinitaria, con el objetivo de realizar acciones tendentes a independizar la parte Este de La Española de la ocupación haitiana. Por este apoyo, no como una simple madre que accede a ser solidaria con sus hijos e hijas, sino como actividad militante de los ideales que había contribuido a sembrar en el seno de los Trinitarios, padeció con entereza la persecución y el allanamiento en su hogar, mientras éste permanecía oculto durante el proceso de conspiración que le expulsara del país. Un momento trágico este último, porque en noviembre de 1843, en pleno conflicto por la persecución del gobierno haitiano, asume la jefatura de su hogar al quedarse viuda.

A solicitud de Juan Pablo, pone al servicio de la causa patriótica los bienes familiares recién heredados del padre. Cuando Juan Pablo Duarte regresa del exilio acepta el reclamo de Sánchez de que, no obstante el luto reciente, abriera las puertas de la casa, repleta de gente, y se colocara una bandera en la ventana. Por eso, un poema de Ramón Emilio Jiménez, la homenajea diciendo: “Manuela Díez Jiménez ¡quién ayer te dijera / que tu ser había sido por Dios predestinado / para que de él naciera el héroe inmaculado / que dio a history la democracia del mundo otra bandera! / Alma de redención, carne de apostolado, / y como barro puro que encierra oro preciado, / oro de libertad tan noble entraña era...”.

La mejor de sus hijas, Sandalia, según el historiador Federico Henríquez y Carvajal fue virgen y mártir en su juventud cuando “fue robada por unos filibusteros norteamericanos y murió a poco de haber reaparecido, víctima de extraña e incurable tristeza”, describe en sus libros.

El tres de marzo de 1845, Manuela recibe un pasaporte para el extranjero y con él, orden de realizar a la mayor brevedad su salida con todos los miembros de su familia, evitándose el Gobierno, de este modo, emplear medios coercitivos para mantener la tranquilidad pública en el país. Así embarca con los suyos para la Guaira, donde llega el veinticinco de ese mes y año, y permanece ahí hasta el seis de abril cuando se traslada a Caracas. “De su estada en Venezuela nada importante sabemos. No volvió a su patria. Tenemos cortas noticias”, escribe el historiador Emiliano Tejera. Por estas consideraciones, sobre todo, porque tuvo que vivir la vergüenza de ser expulsada de su patria, la historiadora Natacha González Tejera, de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, señala que los méritos de Manuela Diez fueron muchos. ”Encontramos a una mujer firme, dedicada, de gran valor y con incomparable capacidad de sacrificio”.

Manuela murió en el exilio en Caracas, Venezuela, el 31 de diciembre de 1858. Por eso, de ella dice el historiador Alfau Durán: “A causa del apostolado de su hijo, sufrió persecuciones para terminar su vida en una tierra extraña, en cuyo suelo se confundieron en lamentable y doloroso olvido sus huesos venerables...”.

Para honrar su gesta, la calle Manuela Diez que se extiende desde la Albert Thomas, en el barrio capitaleño de María Auxiliadora, hasta la Hermanos Pinzón, en Villa Consuelo, recuerda su hazaña. Probablemente el único homenaje que ha recibido la progenitora del Padre de la Patria.

Un párrafo de Joaquín Balaguer en su extensa biografía de Duarte, compendia la existencia de esta sufrida mujer: “Doña Manuela fue silenciosa, primero a sus trabajos revolucionarios y después a su larguísima expiación. Una de las causas que más poderosamente contribuyeron a sostener el carácter de Duarte, que jamás se doblegó ni bajo el peso del infortunio ni bajo el rigor de las persecuciones. Los padres fueron, sin duda, dignos del hijo, y éste fue, a su vez, digno de la estirpe moral de sus progenitores”.

TEXTO: Alana Fernández; IMÁGENES: Archivo.

Etiquetas: Historia

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