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General Rafael Leónidas Trujillo

El día que mataron a Trujillo

Antes de las 10 de la noche de aquel martes 30 de mayo, los disparos a lo lejos alertaron a los asistentes de un bingo cercano a lo que hoy es el Centro de Héroes, algo no andaba bien. Discretamente, como era costumbre en tiempos de Trujillo, cada quien recogió lo suyo y se fue para casa.

Mientras tanto, un grupo de jóvenes estudiantes de medicina se despejaban caminando por el malecón. Les llama la atención autos del gobierno que pasan a toda velocidad y al final, una ambulancia. La curiosidad les gana y deciden ir a ver qué sucedió. A la altura del Centro de los héroes, ven que el “accidente” fue muy lejos y como es tan tarde dan media vuelta y abandonan el lugar.

El rumor se expande tan rápido como la pólvora y para la media noche en cada casa se rumoreaba entre susurros que el General Rafael Leónidas Trujillo había sido asesinado.

Quienes le conocían de cerca no dieron crédito a lo que escucharon. “El jefe” viajaba a San Cristóbal los miércoles o los jueves… nunca un martes. En su último día de vida, no hubo nada fuera de lo común: despertó a las cinco de la madrugada y a primera hora era informado de los principales pormenores del acontecer político y social de la región del Caribe y del país.

Es probable que mientras el General realizaba su acostumbrada caminata matutina, el Grupo de Acción de los Conjurados (así se llamó el movimiento que pretendía ajusticiar a Trujillo) estaba planeando en secreto lo que sería su tercer intento de interceptar el carro donde viajaba el dictador. Todos tenían claro que sería el 31 de mayo, pues esa fue la información que les dio Amado García, Teniente miembro del Cuerpo de Ayudantes del Generalísimo y uno de los informantes de los Conjurados.

Durante una inspección a la Base Aérea de San Isidro cambian los planes y Trujillo decide irse a San Cristóbal ese mismo martes. Miguel Angel Báez estando en el Palacio Presidencial, se entera por casualidad, e informa a Antonio de la Maza.

Este hecho toma por sorpresa al Grupo de Acción ya que tres de sus miembros estaban fuera de la capital, y el teniente Amado García tenía su día libre. Antonio de la Maza alertó a los demás y rápidamente se organizaron para poner en marcha el ajusticiamiento.

Nada era como lo habían planeado, los miembros, la hora, cada detalle que antes había sido minuciosamente preparado se había convertido en una ola de actuaciones y respuestas sobre la marcha. Tal vez ese fue el secreto para culminar con éxito la faena.

Sobre las siete de la noche, los siete integrantes del Grupo de Acción que residían en la capital sabían que debían congregarse en la avenida que conduce hacia San Cristóbal. Antonio de la Maza, Salvador Estrella Sadhalá, Antonio Imbert Barrera, Amado García Guerrero, Huáscar Tejeda, Roberto Pastoriza Neret y Pedro Livio Cedeño fueron los que, más por cosas del destino que por el plan, cambiaron la historia política de República Dominicana.

En la noche del 30 de mayo, Rafael Leónidas Trujillo hizo lo de siempre: visitó a su madre, realizó como era usual, su caminata por la avenida George Washington y pasó por casa de su hija Angelita antes de viajar a San Cristóbal.

La emboscada fue muy cerca de un famoso restaurante llamado El Pony, y para mala suerte de los tiranicidas, el general Arturo Espaillat se encontraba en el lugar y al escuchar los disparos fue a inspeccionar e inmediatamente alertó a las autoridades de lo sucedido. Además, el chofer de Trujillo, Zacarías de la Cruz había logrado escapar y confirmó la muerte del jefe.

Un auto y una pistola abandonada fueron más que suficiente para poder identificar a quienes habían perpetuado el asesinato. La mañana del 31 de mayo, las emisoras sonaban merengue, la gente tenía la mirada perdida, unos, quizás, con pesar otros en el fondo suspiraron con cierta alegría, pero ni una palabra de aquello.

Fue pasado el mediodía el anuncio oficial. Hasta aquí llegó una era. Años más tarde, Joaquín Balaguer quien asume el poder después de Trujillo dejaría plasmada en algunas de sus memorias que la tarde del 30 de mayo en el rostro del Generalísimo se podía advertir una enigmática expresión que delataba honda preocupación, mezcla de incertidumbre y de nostalgia y le hizo reflexionar acerca de la fragilidad de la naturaleza humana. Quizás, después de todo es verdad aquello de que “no hay corazón que engañe a su dueño”.

TEXTO: Geizel Torres; IMÁGENES: Fuente externa.

Etiquetas: Historia

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