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Las cuatro décadas de la Reina de la Fusión

Las cuatro décadas de la Reina de la Fusión

Es difícil de explicar, pero basta estar cerca de la cantante y compositora Xiomara Fortuna para sentir que su fuerte personalidad impregna el espacio. Eso fue lo que sentí por vez primera, cuando nos conocimos personalmente, en su casa colonial de Gazgue. Un halo inherente de ese carácter fuerte pero balanceado me recordó, por su forma y su fondo, a la escritora Tony Morrison, una de las voces más enérgicas a favor de los derechos civiles.

Como buena anfitriona me ofrece con hospitalidad un café y unas galletas, para desperezar el ánimo de ambas y despertar nuestros sentidos, antes de abordar las preguntas que con calma le comienzo a hacer. ¿Qué se siente cuando después de cuarenta años te llaman la reina de la fusión?, le inquiero. Una enorme satisfacción, no lo puedo negar, asegura.

Defensora de la libertad, como mujer y compositora afrodominicana en un mundo segregado, sexualizado y racista, es símbolo de semilla de vida en plenitud. El germen dice ella, que lo plantó su abuela, allá por la década de los sesenta, en la ciudad de Monte Cristi, la que la vio nacer, cuando seriamente la alentaba para ser el mejor ejemplo de los niños del vecindario. Así que, aquella jovencita criada en una familia numerosa de ocho hermanos, tuvo una infancia de robustos valores, circunscritos a la abnegación y el sacrificio. “Recuerdo que incluso a la hora de vacunarse me ponía de ejemplo ante el resto, para que perdieran sus miedos”.

De abuelo español y de abuela africana, Xiomara nació con lo mejor de las dos culturas, pero sobre todo, con una voz personal, potente y de gran calidad interpretativa, que la impulsó para desarrollar una trayectoria artística de cuarenta años avalados por su profesionalidad y su compromiso social. Una historia que empezó en octavo curso cuando su profesor le preguntó lo que le gustaría ser de mayor y ella afirmó con fuerte convicción que quería ser artista. El siguiente paso definitivo sería a los 18 años cuando salió de Monte Cristi, y del reloj de su parque central al que solía encaramarse, para tomar rumbo a una aventura que en aquel momento estaba tildada de factores políticos. “En pura revolución de junio de 1965, recuerdo las informaciones de unos de otros, la falta de libertad para hablar…los murmullos y el miedo”.

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TEXTO: Elena Crespo; IMAGENES: Archivos

 

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