BACANA MAGAZINE Meliá Caribe Tropical
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La Habana

La Habana, columnas en el tiempo

País de nombre corto, geografía alargada y angosta, coronado como la ínsula mayor de las Antillas; Cuba es la tierra que con figura de caimán se posiciona en el mar Caribe y se convierte en guardiana a la salida del Golfo de México hacia el Atlántico.

Su clima tropical y marcadas sequías o fuertes lluvias, son el reflejo de los extremos donde la variable constante durante todo el año es la humedad. Los huracanes, verdugos implacables, sentencian con intensidad y su visita casi anual no ha sido nunca el motivo para que los pobladores pierdan el ánimo de seguir hacia adelante y que la voluntad se imponga ante lo difícil de su cotidianidad.

Hablar de lo históricamente cierto es arriesgarse al debate. La realidad es una y las interpretaciones que se hacen sobre ella son diversas. Nada como las palabras del gran Fernando Ortiz Fernández, “la verdadera historia de Cuba es la de sus intrincadísimas transculturaciones”.

Aborígenes en un inicio, luego la fusión entre europeos y africanos que en los años posteriores se fue enriqueciendo junto a otros componentes étnicos y culturales, son hoy el reflejo de la compleja madeja, cuyos hilos entrelazan orígenes distintos pero una identidad muy clara como resultante final. La Habana, su capital, fue una de las primeras villas fundadas por los españoles a inicios del siglo XVI. Debido a su privilegiada ubicación y las características de su bahía de bolsa, se convirtió en un importante centro comercial, razón por la cual fue sometida a ataques y saqueos por parte de corsarios y piratas. Hubo que protegerla y se construyeron entonces varias fortalezas militares en la entrada de la ensenada habanera. Estas joyas de piedra se atesoran como reliquias vivientes de la etapa colonial y visitarlas hoy hace que nos remontemos a aquellos años.

La arquitectura habanera producto del mestizaje, responde en cierta medida a ese legado histórico marcado por el amurallamiento como concepto citadino para la construcción. Se impuso una ciudad con espacios limitados que facilitara su defensa, que concibiera la fabricación de viviendas y edificaciones y la separación entre una y otra fuera mínima, de divisiones pared con pared, patio con patio y el frente la parte más amplia que desembocara en una de las tantas plazas donde se producía la mezcla entre razas, clases sociales y religiones diferentes. Empieza a crearse desde aquel entonces en la conciencia social del cubano la predisposición casi natural a la hospitalidad, a la curiosidad por conocer las interioridades del vecindario y la enorme capacidad para asimilar la heterogeneidad.

Cada noche el silencio de la noche es interrumpido a las 21:00 hrs para escuchar un fuerte estruendo que nos transporta en el tiempo. Se trata de una ceremonia militar en la fortaleza de la Cabaña, el "cañonazo", una tradición que recuerda el cierre de los muros de la ciudad y que es uno de los atractivos turísticos peculiares declarado Patrimonio Cultural de la Nación en Cuba.

Las historias de amor se convierten en símbolos y La Habana revela con orgullo su romanticismo a través de esculturas de bronce como La Giraldilla. Esta dama metálica que mira al horizonte sobre el mar, representa a la enamorada Isabel de Bobadilla que esperaba ver llegar de vuelta a su esposo, en uno de los navíos. La leyenda se inmortalizó desde el siglo XVII cuando un artista habanero, Gerónimo Martín Pinzón (1607-1649), liberó la inspiración esculpiendo esta estatuilla que quedó como recuerdo de la fidelidad conyugal y la esperanza del retorno.

El salitre se funde con el viento y pasear por el malecón es más que acompañarse de mar y brisa por unos ocho kilómetros. El recorrido inicia en el Paseo del Prado con sus leones de bronce, esculpidos con el metal de los cañones de las fortalezas, que son los ocho guardianes que desde la etapa neocolonial custodian la primera avenida asfaltada que tuvo La Habana. Al fondo y rompiendo el horizonte con su verticalidad, se erige el faro del Castillo del Morro que se ha convertido también en icono y trayendo a la memoria una popular copla del siglo pasado se diría: “Tres cosas tiene La Habana que no las tiene Madrid... son el Morro, La Cabaña y ver los barcos venir”. La vista se desliza a través del muro de cemento que ha sido el refugio para el entretenimiento incluso en noches de “apagón” cuando la falta de suministro eléctrico hace salir de las casas ante el calor sofocante para sentarse en él a tomar la fresca brisa que regala el Caribe. El punto final se halla en el túnel que conecta con otras de las arterias importantes, la “Quinta Avenida” en sus inicios conocida como la “Avenida de las Américas” y que hoy se erige con el calificativo de Avenida de las Embajadas por la sucesión de sedes diplomáticas del mundo que la integran.

Los sitios más añejos se concentran en el centro de la Habana colonial que por su riqueza histórica y conservación de la herencia arquitectónica y cultural fue declarado por la Unesco en 1982 Patrimonio de la Humanidad.

Los callejones fluyen como venas y podemos encontrar una de las calles que por su tamaño pudiera ser una de las más pequeñas del mundo: el Callejón del Templete que mide tan solo 20 metros de largo y tres de ancho. Entre los monumentos que resaltan se encuentran la Catedral de la Habana, la Plaza de Armas, el Museo de la Revolución, el Palacio Nacional de Bellas Artes, el Capitolio y el Gran Teatro de la Habana sede permanente de la Ópera y del Ballet Clásico entre otros.

La literatura y sus exponentes cubanos cimeros han sintetizado de forma magistral a La Habana y ha quedado para ésta la representación asociada para definirla con otro de los símbolos: las columnas. En uno de sus ensayos el que resulta en una especie de declaración ferviente de amor por su ciudad natal, Alejo Carpentier, acota: “Una ciudad que es emporio de columnas, selvas de columnas, columnata infinita, última urbe en tener columnas en tal demasía, columnas que, por lo demás, al haber salido de los patios originales, han ido trazando una historia de la decadencia de las columnas a través de las edades” (Alejo Carpentier, La Ciudad de las Columnas).

El ciudadano a veces no repara en el barroquismo mestizo antillano de sus formas y que en la profusión en número de ellas se forma un ejército que custodia los sueños de los pobladores, sirven de sombrillas para el sol y la lluvia y se mantienen firmes ante los huracanes demostrando que pueden seguir de pie. Han sobrevivido al derrumbe y erguidas crean la duda de si es una edificación que se construye o una que desapareció y sucumbió ante el tiempo y el descuido.

¿Donde encontrar a La Habana? ¿Refugiada celosa en los siglos en los que no está, intentando recuperar el brillo de su barroquismo empañado por el desinterés y la espera?. Sus huellas van más allá de lo que marcó un pasado esplendoroso y verla agonizar reluciendo solo el maquillaje de la restauración en su parte antigua, sería la medalla por una parte minúscula del esfuerzo.

A La Habana inconclusa, a decir también de Carpentier, le siguen faltando los mismos pedazos y otros que la modernidad ha añadido. El tiempo sigue erosionando las mismas viejas columnas y esta urbe con tantos elementos perfectos en su concepción y construcción ha sobrevivido por sus pilares. Es hora de que la complacencia servil y aquellos que atesoran las bondades de lo que “fue”, se sienten bajo las sombras de las pilastras.

TEXTO/TEXT: Tatiana Antelo; IMÁGENES/IMAGES: Archivo

Etiquetas: Destinos

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