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Gilberto Santa Rosa

Gilberto Santa Rosa, el enamorado del bolero que conquistó la música salsa

Se crió con el idioma de proyectistas y diseñadores, al compás de los trazos que su padre marcaba como dibujante de planos de ingeniería. Su madre, operaria de las primeras computadoras IBM en Puerto Rico también marcó su ritmo vital. Pero sin duda, lo que más le impactó desde niño fue un cantante que hacía estragos en la llamada época del Palladium en Nueva York, el extraordinario Tito Rodríguez.

Gilberto Santa Rosa, el tres veces premio Grammy Latino y una vez premio Grammy Anglo, el llamado “Caballero de la Salsa”, se enamoró por primera vez del género a través de las composiciones del también puertoriqueño, que fue uno de los que promovían el jazz latino. Tal fue su obsesión que en San Juan, atravesando la avenida McCleary con su madre, le juró a esta que le compraría la vivienda en forma de pagoda que Tito Rodríguez había construido a su esposa japonesa Takedo Kunitmatzu, más conocida como Toby Key. Hoy en día es la oficina de Gilberto y el museo privado de Tito Rodríguez. Un lugar privado y al que acceden los más cercanos al cantante, entre los que se nada por un mar de micrófonos, escritos personales y discos de Rodríguez.

El célebre cantante de “Perdóname” y “Conciencia” hizo sus primeros pinitos musicales en la escuela. ‘Había un compañerito que tocaba la guitarra, Jesús “Cheíto” Cruz, y yo hacía segunda voz. Fue así como armamos un dúo de niños y empezamos a cantar en programas escolares, de manera instintiva‘. Tenía 13 años cuando definió de manera personal que la música sería el camino que marcaría su vida. Así entra a estudiar en la Escuela Libre de Música, más que para estudiar un instrumento, para codearse con músicos. “Conocí a Mario Ortiz Jr. y luego a su papá. En 1977, participé en una producción de Mario Ortiz & His Salsemble Borinquén Flame, donde grabé Palo de caña brava, Los rosales y Regálame tu amor”.

En la orquesta La Grande, grabó Satisfacción, un tema que se pegó tanto que lo llevó a Nueva York. Con Tommy Olivencia estuvo tres años, y lanzó Rumba a los santos, que fue su primer hit. En 1981 se vinculó a la orquesta de Willie Rosario donde participó en seis producciones, trabajando al lado de Bobby Concepción. “Eran tiempos de cambio, el merengue era lo que se imponía y las agrupaciones salseras estaban pasando dificultades“.

El aprendiz de Tito Rodríguez y aficionado de Frank Sinatra, por su excelente dicción y fraseo, con su deseo de ser solista acude al productos discográfico Ralph Cartagena quien le da luz verde para lanzarse a dar este paso. “El bolero es mi gran amor, de hecho fue mi primer amor, con el que yo empecé y con el que me di cuenta de que tenía la habilidad de hacer música”, cuenta en una de sus entrevistas.

Bien acompañado siempre, en 1992 trabaja de la mano del vicepresidente de artistas y repertorios en el sello Sony, Ángel Carrasco, o cuando acompaña a Celia Cruz en el homenaje que le hace a esta Telemundo, aprende grandes lecciones de vida. “Hay cantantes que uno admira y con quienes nunca puede compartir, yo he tenido suerte“.

Con el compositor Raphy Monclova hizo una canción de corte social que compartió con Rubén Blades. “Nos encontramos en Nueva York y todo fluyó a la perfección, Blades es muy meticuloso, sobre todo en los momentos previos a la grabación”. Aunque no es actor, ha tenido la suerte de trabajar con los mejores de Puerto Rico, incluyendo a Alexis Valdez. “El problema es que cuando leí el libreto solo veía dos personajes en escena, comprendí que era un reto muy grande, lo acepté y la reacción ha sido generosa“. Gilberto dice que ha vivido momentos difíciles, pero que, nunca ha vivido una vida tormentosa. “A mí me tocó trabajar duro y construir mi carrera, pero no pasé miserias, nunca sentí el rechazo del público y nunca usé drogas ni me he tomado un trago, digo, como un hábito“.

Así, el muchacho que decidió ser cantante y lo consiguió, se siente realizado. Por eso, en su maquinaria de celebración de los 40 años en la industria musical, su gira ha arrancado en República Dominicana, el país que siempre le ha apoyado y por el que siente una debilidad especial. No sólo porque su esposa, Alexandra Malagón, es dominicana, sino porque Quisqueya la bella, como así la dicen, ha sido un mercado importante en su trayectoria musical.

TEXTO/TEXT: Alana Fernández; IMÁGENES/IMAGES: Archivo

Etiquetas: Actualidad

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